Hay momentos en los que una industria entiende que seguir haciendo lo mismo ya no alcanza. Algo parecido ocurre hoy con el urbanismo en Colombia. La discusión dejó de concentrarse exclusivamente en construir más vivienda y comenzó a mirar algo más ambicioso: cómo evitar que las ciudades sigan creciendo con las mismas fracturas de siempre.

Ese fue el ambiente que atravesó el Congreso Camacol Verde 2026. Más que un encuentro técnico, el evento pareció una especie de laboratorio de ideas sobre el futuro urbano del país. Arquitectos, empresarios, urbanistas y expertos internacionales llegaron a una conclusión incómoda pero inevitable: el modelo de ciudad que Colombia defina en los próximos años terminará impactando productividad, sostenibilidad y movilidad social durante décadas.

Guillermo Herrera instaló la discusión desde un ángulo poco convencional. En lugar de hablar únicamente de cifras del sector, conectó la vivienda con las brechas territoriales y con la manera en que las ciudades moldean oportunidades económicas. La idea de fondo es potente: una mala planificación urbana termina siendo también una mala política social.

“la vivienda formal no es un tema sectorial: es uno de los instrumentos más poderosos de política pública para cerrar brechas, generar movilidad social y orientar el crecimiento de las ciudades hacia la formalidad y la sostenibilidad”, afirmó Herrera durante el encuentro.

La reflexión aparece justo cuando el mercado comienza a enviar señales mixtas. Aunque 2025 cerró con un crecimiento del 12% en comercialización de vivienda, el arranque de 2026 mostró un frenazo asociado al aumento en costos de construcción, ajustes regulatorios y mayores presiones sobre materiales estratégicos como el acero. El resultado fue una caída de 5,9% en ventas durante los primeros cuatro meses del año.

Ahí es donde Camacol intenta cambiar el enfoque de la conversación. El gremio insiste en que el problema no se resuelve únicamente reactivando cifras de ventas. La apuesta es más estructural: construir ciudades capaces de resistir eventos climáticos, reducir huella de carbono y conectar mejor a las personas con empleo, transporte y servicios.

VIS 5.0 aparece entonces como una hoja de ruta que mezcla sostenibilidad con lógica urbana. Descarbonización, resiliencia, regeneración, habitabilidad y equidad territorial son los cinco ejes que articulan la propuesta. La idea es dejar atrás proyectos desconectados del entorno y avanzar hacia desarrollos que funcionen como piezas integradas dentro de la ciudad.

Hay algo interesante en cómo el sector está narrando esta transición. Hace algunos años, hablar de sostenibilidad en construcción sonaba a un valor agregado aspiracional. Hoy empieza a parecer más una condición básica de competitividad. Algo similar ocurrió en el mundo corporativo cuando la transformación digital dejó de ser un diferencial y pasó a convertirse en requisito para sobrevivir.

“El objetivo es que la sostenibilidad deje de ser la excepción y se convierta en el estándar de toda la construcción formal en Colombia”, fue uno de los mensajes centrales planteados durante el Congreso. La frase resume bien el momento que vive el sector: un escenario donde la discusión ya no gira solamente sobre construir más rápido o más barato, sino sobre construir ciudades capaces de sostener el futuro económico y social del país.