El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana, la tierra nos recordó lo pequeños que somos. Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una profundidad cercana a los 100 kilómetros según el Servicio Geológico Colombiano (SGC),se sintió desde Quibdó hasta Bogotá, desde Cali hasta Manizales, y llegó incluso a Ecuador, Panamá y Venezuela. Los expertos coinciden en que fue uno de los sismos más intensos que ha vivido el país en las últimas décadas: liberó varias veces más energía que el terremoto del Chocó de 1995 o el del Eje Cafetero de 1999. Pero tú, lector, sabes que más allá de la magnitud, de los kilómetros de profundidad o de las réplicas que siguieron sacudiendo la tierra ese mismo día, hay algo que ningún sismógrafo mide: lo que ese terremoto nos obligó a ver.

Como colombianos, recordamos ese día que ante la furia de la naturaleza somos insignificantes: nuestras construcciones son tan delicadas como una hoja de papel ante una cuchilla. Pero también, ante la adversidad, se muestra la unión de un pueblo hermano que deja de lado los regionalismos y saca lo mejor de nosotros, y nos hace cuestionar las decisiones de nuestros dirigentes en tiempos de crisis. ¿Cuántas veces necesitamos una tragedia para volver a mirarnos?

Ese terremoto nos mostró, a través de nuestros computadores de bolsillo, aquello que casi nunca vemos: los hijos olvidados de Dios, en los lugares más retirados de nuestras burbujas de cemento. Te invito a imaginar esa vista: hijos que viven con lo mínimo, en comunidad, en abandono estatal, en todo un corredor lleno de biodiversidad y riqueza —esa que no se posee en una muñeca o en el cuello—, una riqueza que solo tenemos en nuestro país: el Chocó, el Pacífico.

Como sociedad tenemos una deuda inmensa con esos territorios, a los que tanto les debemos. Piénsalo: tenemos industrias que aportan un porcentaje sustancial al PIB de la nación, productos de consumo que tenemos en nuestras alacenas como el chontaduro, el cacao, el cilantro e incluso el arroz de coco, entre muchos más. Recursos de la extracción de los suelos como el oro y el platino, y maderas para la fabricación como el abarco, el cativo o el cedro, de los cuales puedes estar sentado ahora mismo, mientras lees esto, en tu mueble de preferencia.

Son muchas las cosas del Pacífico que podemos ver, pero ante los ojos de la indiferencia solo son lugares donde los medios indican muerte, deforestación, drogas y falta de un centro médico, entre una lista extensa. Este terremoto que llegó hasta nosotros nos dio la vista de niños, mujeres, ancianos y hombres que viven siendo olvidados; son pocos los que van a conocer su cultura, nuestra cultura. Debe haber un cambio que sea, más que económico, también social y cultural.

Hoy, según reportes de las autoridades, veintinueve de los treinta y un municipios del departamento presentan afectaciones graves, y miles de familias quedaron damnificadas. Las cifras de heridos y fallecidos, tanto en el Chocó como en el resto del país, siguen actualizándose mientras avanzan las labores de búsqueda y rescate. Detrás de cada número hay un nombre, una casa, una historia que tú y yo casi nunca conocemos.

De nosotros depende que esos hijos olvidados sean reconocidos: esos hijos del Pacífico que vienen del Chocó, del Cauca, de Antioquia, de corregimientos como La Italia, Sipí, Tadó, Condoto y más, sin olvidarnos del epicentro, San José del Palmar. Sigamos llevando esas ayudas a los puntos de acopio, informando a los medios sobre las zonas donde aún no llega la ayuda, y sobre todo, dando ese primer paso para el gran cambio que también traerá ver más territorios de nuestro país que están olvidados, donde la fauna y la flora, las costumbres y nuestras culturas también pertenecen. Como he mencionado, siempre debemos ser mejores, y esta es una oportunidad única de lograrlo. Así que, lector, te hago una pregunta, a ti directamente: ¿cuál es ese primer paso que darás?