Durante años, el riesgo cibernético se trató como un problema lejano, casi abstracto. Se hablaba de vulnerabilidades, de malware, de amenazas externas, pero pocas veces se aterrizaba en una pregunta simple: cuánto dinero está realmente en juego.

Ese enfoque empezó a romperse cuando las organizaciones vivieron interrupciones prolongadas. Días sin operar, semanas intentando recuperar sistemas, equipos enteros dedicados a contener crisis. El negocio, literalmente, en pausa.

En paralelo, los datos comenzaron a contar una historia imposible de ignorar. América Latina concentra ya el 9% de los ciberataques globales, mientras que una brecha puede tardar en promedio 316 días en ser identificada y contenida. El tiempo, en este caso, se traduce directamente en pérdidas.

Lo interesante es que el cambio no vino solo por el aumento de ataques, sino por la forma en que estos evolucionaron. El uso de inteligencia artificial por parte de ciberdelincuentes ha acelerado la sofisticación y la frecuencia de los incidentes, haciendo que las defensas tradicionales se queden cortas.

En ese contexto, la lógica de muchas organizaciones empezó a parecerse a la de las fintech: si no puedes medir el riesgo, no puedes gestionarlo. Y si no puedes gestionarlo, terminas reaccionando tarde.

Mauricio Nanne pone el foco en ese punto de quiebre, donde la conversación pasa de lo técnico a lo estratégico. “Hoy el mayor costo de un ciberataque no es el incidente en sí, sino la interrupción total del negocio. Cada minuto fuera de operación se traduce en pérdidas económicas, afectación al cliente y presión reputacional”.

La clave está en entender que los costos más duros no siempre son los más visibles. La caída de ingresos, la pérdida de clientes, los procesos legales y la reconstrucción tecnológica suelen ser los factores que realmente golpean.

Es una lógica que ya se ha visto en otras industrias. Cuando las startups de logística comenzaron a medir cada minuto de retraso, transformaron por completo su operación. Aquí ocurre algo similar, pero con el tiempo fuera de servicio como variable crítica.

“Muchas empresas siguen subestimando el impacto real de un ciberataque. No se trata solo de recuperar sistemas, sino de reconstruir la confianza del mercado y garantizar la continuidad del negocio”, señala Nanne.

El cambio, entonces, no es solo tecnológico. Es cultural. Es pasar de ver la ciberseguridad como un gasto necesario a entenderla como una inversión que protege la continuidad y la reputación en un entorno donde cada minuto cuenta.