Hay momentos en los que una organización deja de operar como institución tradicional y empieza a moverse como una plataforma de innovación. Eso es precisamente lo que intenta mostrar la Fundación Rockefeller con su Informe de Impacto 2025: una estructura global que decidió actuar menos como financiador distante y más como articulador de soluciones que nacen desde los territorios.

La escena regional tiene algo de cambio de era. Mientras buena parte de la cooperación internacional atraviesa ajustes, restricciones y replanteamientos estratégicos, América Latina empieza a ganar protagonismo como espacio de experimentación práctica. Bogotá se convirtió este año en uno de esos nodos donde se cruzan tecnología, impacto social, datos y nuevas formas de colaboración.

La Fundación cerró 2025 con más de USD 350 millones destinados globalmente a iniciativas de impacto social y con una movilización directa de USD 3.000 millones. Pero detrás de las cifras hay una idea más profunda: la innovación social empieza a medirse con la misma lógica de escalabilidad y ejecución que domina el mundo empresarial contemporáneo.

En Cali, el desarrollo de Dengue. IA refleja exactamente esa transición. La plataforma, impulsada junto a la Universidad ICESI, utiliza inteligencia artificial para anticipar brotes de dengue y ayudar a las autoridades sanitarias a actuar antes de que el problema escale. La precisión del sistema alcanzó el 93 %, algo que cambia por completo la conversación sobre prevención epidemiológica en ciudades latinoamericanas.

Lo interesante es que este tipo de proyectos ya no funcionan como pilotos aislados diseñados para informes académicos. Operan más bien como soluciones iterativas, similares a las que usan startups tecnológicas cuando prueban productos en tiempo real, ajustan procesos y escalan rápidamente si encuentran resultados efectivos. Esa mentalidad atraviesa buena parte del informe presentado en Bogotá.

“Durante el primer año de operación de la Oficina Regional para América Latina y el Caribe, priorizamos alianzas locales y modelos impulsados por las comunidades para proteger tanto al planeta como a las personas. Desde el uso de inteligencia artificial para predecir brotes de dengue en Cali hasta esfuerzos de reforestación en Maranhão, nuestra inversión en la región está enfocada en fortalecer la resiliencia local frente a la volatilidad global”, afirmó Lyana Latorre, vicepresidenta para América Latina y el Caribe de la Fundación Rockefeller.

La apuesta regional también aterrizó en Brasil, donde proyectos de restauración ambiental liderados por mujeres indígenas ayudaron a proteger cerca de 2 millones de hectáreas de selva tropical. La conversación aquí ya no se limita al discurso climático. El modelo conecta biodiversidad, sostenibilidad económica y liderazgo comunitario bajo una lógica de largo plazo que empieza a influir en nuevas estrategias de inversión social.

En Haití, mientras tanto, la expansión de redes solares modulares permitió ampliar el acceso eléctrico en zonas rurales afectadas por años de crisis e infraestructura deteriorada. El efecto práctico es enorme: cuando llega energía confiable, también aparecen nuevas dinámicas productivas, educativas y sanitarias. Lo disruptivo no es solo la tecnología, sino la velocidad con la que pequeñas soluciones descentralizadas empiezan a resolver vacíos históricos.

Otro punto relevante del informe es el fortalecimiento de capacidades filantrópicas regionales. La Fundación presentó además el documento Cinco agendas para activar la transformación del sector filantrópico en América Latina y el Caribe, un esfuerzo que busca acelerar modelos de financiamiento colaborativo y ampliar las alianzas entre sector privado, organizaciones sociales y actores públicos. La lógica es clara: menos estructuras fragmentadas y más ecosistemas conectados.

“La disrupción cambia nuestra forma de trabajar, pero no para quién trabajamos. El año pasado, los compromisos globales para apoyar a quienes más lo necesitan se redujeron drásticamente, y quienes dependían de ello pagaron las consecuencias. Pero también se reveló la extraordinaria valentía de líderes de Estados Unidos, África, Asia y Latinoamérica que optaron por elevar su ambición y apostar en grande. Nos enorgullece acompañarlos y compartir este informe, que demuestra que aún es posible lograr resultados a gran escala para las poblaciones vulnerables, a pesar de las disrupciones que deterioran sus condiciones de vida y hacen nuestro trabajo más difícil”, afirmó Rajiv J. Shah, presidente de la Fundación Rockefeller.