Bajo un sol inclemente y el peso de una espera que parece eterna, decenas de familiares se mantienen apostados en las puertas del Centro Penitenciario de Yare, a unos 75 kilómetros de la capital. La esperanza de una libertad plena, tras el drástico giro político en el país, se mezcla con la frustración de quienes ven cómo sus seres queridos quedan excluidos de los beneficios legales, incluso aquellos del llamado caso ‘PDVSA Obrero‘.

Desde la caída de Nicolás Maduro a inicios de enero —tras una incursión militar de Estados Unidos— y la asunción de Delcy Rodríguez como mandataria interina, el panorama judicial de Venezuela ha entrado en una fase de transición crítica. Aunque se han registrado al menos 46 liberaciones intermitentes confirmadas por equipos de prensa en el lugar, la sombra de la exclusión planea sobre cientos de celdas.

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La Ley de Amnistía bajo la lupa: ¿Quiénes se quedan atrás?

Impulsada bajo la presión diplomática de Washington, la nueva Ley de Amnistía prometía ser el bálsamo para la crisis de derechos humanos en el país. Sin embargo, las cifras de las organizaciones no gubernamentales (ONG) sugieren una realidad distinta: cerca de 500 personas continúan tras las rejas, sin recibir el beneficio de la libertad inmediata.

La administración interina de Rodríguez enfrenta el reto de equilibrar las demandas de justicia con la presión internacional por una limpieza institucional. Pero para los familiares en Yare, la política se traduce en kilómetros de viaje y noches sin dormir.

El polémico caso ‘PDVSA Obrero’

El foco de la controversia se centra en el expediente denominado ‘PDVSA Obrero’. Este caso agrupa a más de 170 detenidos, entre los que figuran trabajadores de Petróleos de Venezuela, efectivos policiales y civiles sin vínculos directos con la estatal petrolera.

Las acusaciones que pesan sobre este grupo incluyen:

  • Contrabando de combustible.
  • Sabotaje a instalaciones estratégicas.
  • Corrupción administrativa.

A pesar de la retórica de cambio, estos detenidos han sido segregados del beneficio de amnistía directa, dejando su futuro en manos de mesas técnicas de trabajo.

Testimonios desde el asfalto: «Estamos mudados a la fuerza»

Gilda Suárez es una de las tantas voces que claman justicia. Ha viajado más de 500 kilómetros desde el estado Falcón para intentar ver a su hermano René, recluido en Yare desde hace nueve meses.

«Todavía no nos han informado si va a salir, pero tenemos fe en Dios. Casi que nos hemos mudado a Caracas forzadamente para monitorear las liberaciones«, relató Suárez a la prensa.

La mujer explica que, ante la exclusión de la ley, las familias dependen de una comisión especial del Parlamento creada para atender los casos «grises» que no fueron contemplados originalmente.

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¿Justicia o montaje? La voz de los trabajadores

Para muchos de los que logran salir, el sistema sigue siendo cuestionable. Un trabajador petrolero liberado recientemente, quien solicitó el anonimato por temor a represalias, calificó el caso contra sus compañeros como un «montaje».

«Tengo 33 años de servicio en la industria y nunca hemos robado nada. La amnistía va a paso de morrocoy (tortuga), demasiado lento para quienes somos inocentes«, sentenció el exdetenido.

El impacto en la opinión pública

Mientras las redes sociales se inundan con videos de activistas y periodistas documentando los abrazos de quienes recuperan la libertad, la presión sobre el gobierno de Delcy Rodríguez aumenta. La comunidad internacional y las ONG de derechos humanos mantienen la vigilancia sobre el sistema penitenciario de Yare, exigiendo transparencia en los criterios de selección para las excarcelaciones.

La transición en Venezuela no solo se juega en los despachos de Miraflores o Washington, sino en las puertas de sus cárceles, donde cientos de familias esperan que el cambio político finalmente toque sus vidas.